lunes, 23 de marzo de 2020

Las normas morales

A partir su lectura (“La cuestión de las normas morales” de Miguel Polo Santillán), resulta posible entender dos (2) dimensiones: experiencia moral y vida ética.

Experiencia moral: a la que tenemos en nuestro hogar, en la relación entre amigos, en el trabajo, en los asuntos políticos, etc., en donde se ponen en juego las normas, la conciencia, los juicios, los sentimientos, los valores, el carácter, las acciones, etc. Todo aquello configura una forma de vida, que nos ha precedido, nos conforma y retroalimentamos hasta ir transformándola.

Vida ética: a la asunción consciente y crítica de la moral social heredada, que inicia un cuestionamiento de la forma de vivir, no necesariamente para crear una vida individual absoluta, un superhombre que se crea a sí mismo, sino para crear una forma de vida personal y así dinamice las otras partes de la sociedad.

El mundo moral puede entenderse desde tres (3) elementos integradores: (i) la felicidad, (ii) las virtudes, y (iii) las normas. Los dos primeros conforman el momento teleológico y el último el momento deontológico.

En la actualidad, vivimos el agotamiento de la ética del deber (realización de los deberes y subordina los demás aspectos de la vida moral), lo cual trae como consecuencia, el descreimiento de las normas morales (dimensión objetiva del deber) ―dimensión subjetiva del deber: conciencia del deber―, surgiendo una ética light.

Entonces:

Las normas morales como expresión de grupos dominantes (la manipulación política de estas normas ha sido frecuente en la vida política), no anula su sentido. Las normas morales son expresión, por un lado, de la sociedad y su necesidad de establecer regulaciones y dinamismo entre sus miembros y, por el otro lado, de un factor subjetivo ―exigencia interior en tanto esté orientado hacia y por un sentido vital―.

Las normas morales no son el elemento central de la vida moral (caso contrario, sería una sociedad legalista y produciría una desintegración de la vida moral). Sin embargo, resulta indispensable un conjunto mínimo de normas que nos orienten hacia nuestra finalidad. Cada sociedad ofrece un conjunto de normas morales que las personas deben discernir dialógicamente sobre su pertinencia, dependiendo del tipo de valores que pretender encarnar y qué tipo de virtudes puede generar. La realización de las normas morales permite la formación de una cualidad denominada virtud. De esa manera, existe una retroalimentación entre el factor cultural (las normas) y el personal (las virtudes), en función de nuestra realización personal (finalidad). En un contexto comunitario.

Desde una perspectiva superficial, la libertad resultaría opuesta a las normas y la obligación (cuando la libertad es interpretada como el despliegue de la inocente o caótica subjetividad o de su voluntad es que se rechazan las normas o aparecen como cargas). Si interpretamos la libertad, no como el hacer lo que uno quiere, sino como la atenta disposición hacia la vida, entonces cesa el conflicto con las normas.

La creatividad en el juego no se produce abandonando las normas ni por la existencia de ellas. Es en la práctica (en la actividad) que se realizan las normas y la finalidad. Las normas promueven virtudes y éstas reafirman socialmente las normas, pero ambas orientadas por el telos de la actividad.

El lugar de estas normas en la vida moral se manifiesta en su relación con otros elementos, como el sentido de la vida o finalidad que uno quiere alcanzar y con las virtudes personales y colectivas. Las normas por si mismas no tienen sentido, lo tendrán si logran tejer una red coherente que permite la realización humana (realización de bienes internos a las prácticas, cultivo de nuestra personalidad y el logro de la finalidad). Lo que importa es aprender a vivir en cada acto (aprender a navegar).

Se sostiene que, si el hombre no estaría obligado internamente, haría lo que quisiera. Para completar faltaría agregar que la fuente de esa obligación interna no se encuentra en la conciencia racional ni en las normas, sino en nuestra capacidad de estar atentos a lo que es. El individualismo, al no considerar la obligación interna, tampoco perciben el mundo y solo interpretan sus carencias psicológicas o intereses ideológicos.

Dado que las normas no son el aspecto central de la moral, entonces ellas no tienen por qué dejar de lado los aspectos no racionales de la vida humana como los sentimientos, la intuición, el deseo, las ilusiones, las esperanzas, etc. El descubrimiento de estos aspectos en la vida atenta permite que formen parte de la comprensión moral y de la riqueza de la vida.